
Existió en una ocasión, en un lejano país de gente muy trabajadora y esforzada un gentilhombre que se quedó viudo. Al morir su adorada esposa le dejó una hija tan linda como dulce y angelical. Creyendo hacer lo mejor, él pensó que sería bueno darle una nueva madre a su desamparada hija y antes de que terminara el siguiente invierno se casó en segundas nupcias con una mujer bella, pero altiva y orgullosa como la que más.
Ella también tenía dos hijas, de la misma edad que la de él. “Así mi hija no se sentirá sola –pensó el buen padre–; al mismo tiempo que una segunda madre, mi hija gana dos hermanas.” Pero la realidad no fue así por culpa de la altiva y orgullosa mujer que había tomado por esposa.
Apenas se celebraron las bodas, la madrastra dio rienda suelta a su mal carácter: